Detenerse para escuchar el silencio

"El silencio no es la ausencia de algo, sino la presencia de todo"
Ken Wilber

Hay silencios que inquietan; que agobian; que ahogan.

Silencios que parecen un vacío incómodo, una especie de retirada inexplicable, como si algo se hubiera detenido sin previo aviso. Como si el pulso de la vida —el de nuestra propia narrativa que describe nuestra historia— hubiera dejado de latir por un instante demasiado largo.

Y, sin embargo, no todos los silencios son ausencia.

Algunos son profundidad.

Durante los últimos meses, este espacio ha permanecido en silencio. No por falta de palabras, sino —y solo quizá— por exceso de ellas. No por abandono, sino por profunda necesidad de búsqueda e introspección.

Porque llega un momento en el camino en el que seguir hablando se llega a convertir en una sutil manera de huir.

Huir de lo que aún no comprendemos pero sí sentimos; sí intuimos. Huir de lo que duele. Huir, incluso, de aquello que empieza a revelarse sin forma clara pero desde esa cierta certeza que te indica que está ahí.

Y es entonces cuando el alma exige silencio. Ya no como castigo. Sino como refugio para el descanso interior.

He comprendido que hay procesos que no pueden ser escritos mientras están ocurriendo.

Que hay comprensiones que necesitan madurar en la oscuridad, lejos de la exposición, lejos incluso de uno mismo. Como si algo en nosotros supiera que nombrarlo demasiado pronto, lo llegara a empobrecer.

Vivimos en un tiempo que confunde expresión con verdad. En el que parece que todo debe ser compartido, explicado, publicado. Pero hay verdades que solo crecen en lo no dicho.

Verdades que necesitan el silencio como la semilla necesita la tierra. Cubiertas. Invisibles. Aparentemente inexistentes.

Y, sin embargo, siempre vivas. Muy vivas. Quizá por eso nos cuesta tanto detenernos. Porque el silencio nos enfrenta a algo que rara vez queremos mirar. Y es la ausencia de respuestas.

Cuando el ruido cesa, cuando las distracciones se disuelven, queda eso. La pregunta cruda y desnuda. La incertidumbre sin maquillaje.

Y no siempre sabemos sostenerla.

Preferimos llenarlo todo de palabras, de teorías, de ideas ajenas y certezas prestadas. Preferimos crear vidas falsas que muestren la gran mentira de nuestra presencia irreal. Preferimos construir vidas que nos distraigan de aquello que no queremos mirar.

Preferimos sentir que avanzamos… aunque solo sea en círculos. En una noria sin fin.

Pero el silencio —el verdadero silencio— no permite ese engaño. El silencio nos detiene. Y al detenernos… nos muestra. No lo que quisiéramos ver. Sino lo que es.

En estos meses he tenido que atravesar ese espacio. Sin respuestas claras. Sin avances aparentes. Sin esa sensación reconfortante de estar “comprendiendo”.

Y, sin embargo… algo se ha movido. Algo que no sabría explicar del todo. El plató de rodaje parece haber cambiado, pero aún así, se reconoce una forma distinta de estar. Más sobria. Más honesta. Más cercana, quizá, a una verdad que no se piensa… sino que se intuye.

He descubierto que el silencio no es en absoluto el final del camino. Es parte de la senda.

Que detenerse no es retroceder.

Es, en ocasiones, la única forma de no perderse.

Que callar no es rendirse. Es escuchar. Escuchar sin filtros. Sin expectativas. Sin la necesidad de convertir cada experiencia en un discurso.

Y desde ese lugar… algo empieza a ordenarse. No en la mente. Sino en otro plano más difícil de nombrar.

Tal vez más real.

Por eso hoy vuelvo a escribir.

No porque el silencio haya terminado, sino porque ya no lo necesito de la misma manera.

Porque algo en mí ha aprendido —aunque sea levemente— a no temerlo.

Dejar de huir del silencio.

Y quizá ese sea uno de los primeros signos del despertar:

Comprender que no todo lo valioso necesita ser dicho.

Y que no todo lo que no se dice… está perdido.

A veces, lo más importante está ocurriendo precisamente ahí. En lo que nadie ve. En lo que aún no tiene forma. En lo que, en apariencia… no está.


escritos@pedroatienza.es

Pedro Atienza

«Porque quizá —como tú, como yo— hay muchos que no buscan teorías, sino una manera más humana, más honda y verdadera de estar en el mundo. Y tal vez, solo tal vez, al aprender a sentir de verdad, comencemos a recordar quiénes somos»


Últimas Entradas

La Realidad Más Allá de la Ciencia

Cuando la realidad se queda pequeña. Hacia una visión integral de la conciencia. Por ciertos momentos, por breves que[…]

Detenerse para escuchar el silencio

«El silencio no es la ausencia de algo, sino la presencia de todo»Ken Wilber Hay silencios que inquietan; que[…]

Vivir dentro de la Ley: del “quiero” del ego a la sabiduría del “necesito”

Hay enseñanzas que no solo iluminan la mente, sino que reordenan la mirada con la que comprendemos nuestra vida[…]

← Volver

Gracias por tu respuesta. ✨

2 Responses

  1. Hay algo muy cierto en eso que dices: callar no es desaparecer, ni rendirse, sino abrir un espacio donde las cosas pueden acomodarse sin la presión de tener que entenderlas de inmediato. En un mundo que empuja constantemente a opinar, explicar y definir, elegir el silencio y no desde el miedo, sino desde la presencia
    es casi un acto de lucidez.

    • Muchísimas gracias por tu comentario,
      Es muy cierto lo que señalas.
      Quizá vivamos demasiado tiempo apresurados por comprender, por definir, y olvidamos que hay procesos que solo pueden ordenarse cuando dejamos de intervenir.
      Muchísimas gracias, Nuria.
      Un saludo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Últimos
Comentarios